Del
reloj cercano de la Iglesia del Beato Artur de Ensroban sonaron ocho
campanadas, una detrás de otra, lo que me hizo pensar que eran más
de las siete y media . Abrí el ojete y observé en silencio el dulce
rostro de Carlota roncando con el ansia de una rozna glugutéa, un
barritar que resoplaba sobre los trigales en flor y los lirios del
campo que la rodeaban como en primavera.
Me
quedé contemplándola un buen rato meditando la contradicción que
tenía delante de mis ojos: una belleza tan exclusiva, y una berrea
tan escandalosa digna de una piara de gorrinos de la Gerasa más
profunda.
Carlota
despertó, me miró con gesto extraño, como tratando de recordar
qué hacía allí en medio de la floresta, en frente de un puticlú,
y con un señor que la miraba arrobado. Al reconocerme sonrió.
- Bonjour-
dijo con acento monegasco.
Hice
una pequeña pausa, tan pequeña, que ni parecía una pausa, era una
Laura Pausini.
- Bonjour.
- ¿Dónde
estamos?
- Eso
que ves allí es Andorra. Si me miras a mi, soy yo. Y si miras
arriba, el cielo azul.
- ¡Azul!...¡qué
romántico!- exclamó.
- Bueno-
repliqué- que sea azul no es romántico, es que es azul su color,
del mismo modo que la cagazón de vaca que has usado de almohada es
marrón mosca.
Miró
la plasta, la untó con el dedo, desayunósela, y dijo “pues sí,
es mierda mierda, pero autóctona”.
Carlota
era románticamente enfermiza, ¡hasta a un excremento sabía darle
un tono fantástico, tierno y folletinesco!. Imagino lo difícil que
habría sido su vida en palacio, rodeada de proctólogos estrictos de
etiqueta a la hora de comportarse en sociedad, de amaneramientos
cortesanos, de intereses de una realeza que llevaba siglos casándose
por intereses estrúpetos.
Con
ella lo habrían intentado todo para meterle en cintura, pero todo
fue inútil. Inútil fue la dieta en yogures bífidus bajos en
calorías, la epidural en vena, las dosis de cal viva, la confesión
semanal, retiros mensuales, el circulo
breve,el día de retiro mensual, el curso de retiro anual, dos horas de cilicio, y el beso a la cruz de palo
acompañado de una piadosa jaculatoria.
Nada.
Ella, erre que erre, romántica, como la canción de Demis Rousous.
Hicimos
nuestras abluciones en el río. ¡Qué hermosa estaba con su
cabellera sedosa húmeda, como un san Juan Bautista vestida de pelo
de camello con el agua hasta las rodillas! Sumergió la cabeza en el
agua y sacóla al impulso de su esternocleidomastoideo provocando en arco un
haz de gotitas que reverberaban con la luz de la mañana como un
anuncio de Sunsilk in the sunshine.
Me
estaba enamorando. Como al caballo viejo de la sabana que está viejo
y cansado, pero que si le quitan las riendas es un potro desbocado,
así estaba yo. Y ella, cándida, inocente, me salpicaba agua
,juguetona con las manos, y yo me puse un flotador patito que el río
arrastraba al azar, y comencé a dar saltitos a su alrededor ,
mientras empujaba olitas cabe ella, que reía alocada mientras
gritaba divertida “¡qué romántico!,¡qué romántico!”
Mientras
nos bañábamos observé a lo lejos como un
minino saltaba desde el borde de la ventana de un trigésimo piso
angélico, y sin encambio, no sufrió un solo rasguño. Me quedé
perplejo...¿Cómo es posible esto?
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Acertaron la anterior entrega C.S. y Luxindex...pero el número del sueldazo no fue agraciado.
¡Hasta el jueves por la mañana!
